El diario granadino EL CORREO (1913-1934), fué fundado por quien fuera su Director, Carlos Rocha Avellán y es sobre todo recordado por haber dado acogida a las publicaciones literarias del Movimiento de Vanguardia, "Rincón de Vanguardia" y "Página de Vanguardia", a cargo de Pablo Antonio Cuadra Cardenal y Octavio Rocha Bustamante, hijo éste último de don Carlos y padre de Luis Rocha Urtecho, quien, junto con su nieto Luis Javier Espinoza Rocha, retoman hoy "El Correo Nicaragüense"; un blog pluralista, que agradece la reproducción de su contenido.

martes, 27 de septiembre de 2011

El eterno DÉJÀ VU Nacional

Miguel Bolaños Garay



La extraña sensación de ya haber vivido anteriormente una determinada situación, llamada por los franceses “déjà vu”, es algo que a los nicaragüenses no les resulta para nada desconocida en el plano político y social nacional. Desde nuestro nacimiento como nación independiente a comienzos del siglo diecinueve, las actitudes de la mayoría de los gobernantes se repiten una y otra vez, con sus honrosas excepciones y son contados con los dedos de las manos los períodos de gobernabilidad y bienandanza a cargo de gobernantes preocupados por el país y no por aferrarse al poder a cualquier costo, para conveniencia familiar y de sus allegados.
Ese eterno avanzar y retroceder, al igual que Sísifo y su roca en la cuesta de la colina, ha sido el peor de los males sufridos por este país que merece mejor suerte y mejores políticos que sus malos hijos metidos a esa profesión, que ya es sinónimo de corrupción y otras cosas que todos conocemos. Creerse los grandes predestinados e iluminados y los únicos capaces de conducir este país y una vez llegados al poder querer eternizarse en él, ha sido y seguirá siendo la peor maldición que tenemos que soportar como pueblo.
Es increíble examinar cómo las lecciones brindadas por la historia patria no han hecho reflexionar para nada la mentalidad de nuestros dirigentes. Seguimos tropezando con la misma piedra y repitiendo errores y actitudes del pasado. Déjà vu tras déjà vu y, lo peor, desembocando como siempre en guerras fratricidas, sacrificando miles de vidas jóvenes para volver a quedar en el punto anterior: un “quítate tú pa’ ponerme yo” y volver a repetir el ciclo de actitudes autocráticas del anterior o anteriores gobernantes. Irredentos. ¿Qué pecado original estaremos pagando para merecer gobernantes así? Pero hay más: ¿es éste un país que deseamos para nuestros hijos o nietos? Lo dudo.
Uno de los últimos déjà vu lo habíamos vivido en los años ochenta, al comparar a los gobernantes de la década con los anteriores. Las comparaciones son inevitables aunque no gusten a veces, sobre todo cuando hay evidencias claras. Un nuevo déjà vu comenzamos a vivir en los últimos cuatro años y en el horizonte se avizoran negros nubarrones de repetir situaciones ya vividas en las dictaduras somocista y sandinista y, como siempre, reeditando el deseo enfermizo de perennizarse en el poder a como dé lugar. La reelección presidencial, que debería ser una prohibición constitucional pétrea por las desgracias causadas, vuelve al tapete y, al igual que Somoza Debayle en 1972, el fantasma de la reelección y la autocracia regresan de nuevo este año.
Dicen que los pueblos explotan al igual que los volcanes. Cuando no queda otra salida más que la erupción violenta, la reacción es de esperarse y en un país con heridas de guerra recientes la idea incomoda a todos, pero es inevitable evocar el pasado. Cuando los niveles de corrupción, de control institucional único, de enriquecimiento ilícito, de falta de libertades, etc., llegan al extremo, el derecho a la rebelión comienza a ser visto como única salvación. Creer que el país es como una hacienda personal de un gobernante sigue siendo un mal catastrófico hasta el día de hoy. Si Somoza García se ufanaba de su amistad con fascistas como Benito Mussolini o criminales como Rafael Leónidas Trujillo, el gobernante actual hace lo mismo con figuras despreciables como Muamar Gadafi o con dementes mesiánicos como Hugo Chávez. ¿Les suena a déjà vu?
¿Suena conocido el hecho de que un gobernante y su grupo de allegados en el poder se enriquezcan de forma desmedida y hagan competencia desleal a los comerciantes legales? ¿O que los actos de corrupción con pruebas fehacientes sean dejados pasar por quienes están obligados a perseguirlos de forma oficiosa y no necesariamente por denuncia formal? ¿Será casualidad que antes y ahora se contara con “oposición” a la medida del dictador de turno? ¿Se recordará que no solo antes la policía y el ejército reprimían a quienes no estaban de acuerdo con las ideas y deseos del “líder máximo”? Podríamos estar hablando del siglo pasado o antepasado y, por supuesto, del presente. ¿Se habrán olvidado ya los motivos por los que un pueblo nicaragüense hastiado derrocó por las armas a un dictador en 1979 y luego, los que lo sucedieron, cometieron los mismos actos despóticos debidamente corregidos y aumentados? Se nos viene con esto a la mente el recuerdo de aquella vieja película “El mundo de los aventureros”, con ejemplar mensaje en ese sentido.

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