El diario granadino EL CORREO (1913-1934), fué fundado por quien fuera su Director, Carlos Rocha Avellán y es sobre todo recordado por haber dado acogida a las publicaciones literarias del Movimiento de Vanguardia, "Rincón de Vanguardia" y "Página de Vanguardia", a cargo de Pablo Antonio Cuadra Cardenal y Octavio Rocha Bustamante, hijo éste último de don Carlos y padre de Luis Rocha Urtecho, quien, junto con su nieto Luis Javier Espinoza Rocha, retoman hoy "El Correo Nicaragüense"; un blog pluralista, que agradece la reproducción de su contenido.

sábado, 22 de marzo de 2014

Jorge Franco gana el premio Alfaguara con ‘El mundo de afuera’

W. M. S. Madrid
Los hermanos Grimm son parientes de Tarantino. También de los Coen. Y Jorge Franco ha descubierto de chiripa esos lazos sanguíneo-literarios en El mundo de afuera,el libro con el que ha ganado el XVII Premio Alfaguara de Novela. Lo supo ayer en Bogotá cuando el jurado del premio le desveló, desde Madrid y por vídeoconferencia, esos ADN que los conectan. Eso fue poco más de una hora después de que empezara la comida en la que se anunció quién era el ganador de esta edición de uno de los premios literarios en español con más resonancia en el ámbito hispanohablante.
La tarde se abrió con el recuerdo y terminaría con el futuro abierto. Todo empezó con un vídeo de los 50 años de Alfaguara condensados en siete minutos. Silencio ante las voces de escritores como Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Sergio Ramírez y Arturo Pérez-Reverte; y las imágenes de Juan Benet, Günter Grass o José Saramago, que servían al narrador para contar la historia de esta editorial que nació en 1964 por iniciativa del constructor Jesús Huarte y bajo la dirección de Camilo José Cela y sus hermanos Juan Carlos y Jorge Cela Trulock.
En 1975 llegaría Jaime Salinas, que le dio un gran impulso, y, sobre todo, creó su alma de vocación de la literatura más contemporánea que ha llegado hasta hoy. Fue él quien llevó a Enric Satué, que diseñó esas portadas exquisitas de un azul definido de manera distinta por cada persona. En 1980, Alfaguara entró a formar parte del Grupo Santillana (del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS). En los años siguientes, y hasta hoy, ha sido dirigida por José María Guelbenzu, Luis Suñén, Guillermo Schavelzon, Juan Cruz, Amaya Elezcano y Pilar Reyes. En 1993, bajo la dirección de Cruz, empezó el proyecto de Alfaguara Global, con la edición simultánea en España y América Latina de Cuando ya no importe, la última novela que escribiría Juan Carlos Onetti. En 1997 se incorporó al catálogo Mario Vargas Llosa.

Esta edición recibió 872 manuscritos, un nuevo récord. De ellos, el 44% procedía de España y el resto de América Latina.
Al acto de ayer asistieron, entre otros, José Manuel Caballero Bonald, María Teresa Lizaranzu (directora general de políticas e industrias culturales y del libro), Manuel Vicent, José María Guelbenzu, Rosa Montero, Luis Mateo Díez, Luis García Montero, Manuel Gutiérrez Aragón…
Antes de dar a conocer el fallo, Ignacio Santillana, presidente de Santillana, despejó algunas dudas que revoloteaban en silencio: “El anuncio del premio ha coincidido casualmente con el anuncio de Santillana de la venta de Ediciones Generales a Penguin Random House. Coincidencia que no interviene en el premio. Se trata de una operación empresarial que se enmarca dentro del sector educativo, que es donde va a enfocar Santillana su trabajo ante los cambios que se requieren por el tamaño, la inversión, la tecnología y la búsqueda de nuevas vías de consolidación local y global”.
De vuelta al premio, contó que esta edición recibió 872 manuscritos, un nuevo récord. De ellos, el 44% procedía de España y el resto de América Latina. Llegó el momento, y Laura Restrepo, presidenta del jurado, formado por Sergio Vila-Sanjuán, Ignacio Martínez de Pisón, Nelleke Geel, Ana Cañellas y Pilar Reyes (con voz pero sin voto), anunció que el ganador se presentó bajo el seudónimo de Antonio Benjamín con la novela Un monstruo indomable, pero que su verdadero nombre era Jorge Franco y la novela El mundo de afuera.
Franco (Medellín, 1972) se hizo popular a finales de los años noventa con la novela Rosario tijeras (una historia de amor protagonizada por una mujer sicario), llevada al cine. Luego seguirían otras como Paraíso travel (también adaptada con éxito al cine) y Melodrama. El mundo de afuera es su octavo libro, tras una carrera iniciada en 1996 con el volumen de relatos Maldito amor.

Sobresalen el horror, los personajes complejos y el sentido del humor a través de la historia de un secuestro contado bajo otra luz
En la obra ganadora, según Laura Restrepo, “sobresalen el horror, los personajes complejos y el sentido del humor a través de la historia de un secuestro contado bajo otra luz. Una obra que empieza como un cuento de hadas y termina como una historia de los hermanos Coen”. El ganador explicó por vídeoconferencia desde Bogotá: “Me despertaron a las cinco para esta buena noticia”.
Para Sergio Vila-Sanjuán la novela ofrece una visión atípica de la violencia en una mirada que va de los hermanos Grimm a Tarantino; mientras Ignacio Martínez de Pisón destacó la creación de “personajes memorables”. El mundo de afuera está basada en hechos reales, en un pasaje de la infancia del autor, con mucha libertad creativa: narra el secuestro de don Diego (un hombre muy rico que vivía en otra época) por parte de El Mono (un joven bandido atracador). El Mono desde pequeño está obsesionado con la hija de Diego, Isolda, que él mantiene encerrada en un castillo para preservarla del mundo. De fondo, la pasión que Diego, un germanófilo casado con una alemana que dejó el Berlín del nazismo para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld que su marido ha levantado en la ciudad. En la Medellín de los años sesenta y setenta, la víspera del comienzo de la espiral de corrupción, dolor y tragedia en que se sumiría con la violencia y el narcotráfico.
Con esta novela, atinó Juan Cruz, Medellín y Antioquia, el departamento del que es capital la ciudad donde nació el autor, vuelven al primer plano de las letras porque de allí son clásicos como Porfirio Barba Jacob, Tomás Carrasquilla y Manuel Mejía Vallejo; y contemporáneos como Fernando Vallejo, Piedad Bonnett, Juan José Hoyos, Tomás González y Héctor Abad Faciolince. Por eso preguntó: “¿Qué diablos tiene Medellín?”.


Los ganadores en 17 ediciones

Eliseo Alberto, por Caracol Beach y Sergio Ramírez, por Margarita, está linda la mar (1998).
Manuel Vicent, por Son de mar (1999).
Clara Sánchez, por Últimas noticias del paraíso (2000).
Elena Poniatowska, por La piel del cielo (2001).
Tomás Eloy Martínez, por El vuelo de la reina (2002).
Xavier Velasco, por Diablo Guardián (2003).
Laura Restrepo, por Delirio (2004).
Graciela Montes y Ema Wolf, por El turno del escriba (2005).
Santiago Roncagliolo, por Abril rojo (2006).
Luis Leante, por Mira si yo te querré (2007).
Antonio Orlando Rodríguez, por Chiquita (2008).
Andrés Neuman, por El viajero del siglo (2009).
Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección (2010).
Juan Gabriel Vásquez, por El ruido de las cosas al caer (2011).
Leopoldo Brizuela, por Una misma noche (2012).
José Ovejero, por La invención del amor (2013).
Jorge Franco, por El mundo de afuera (2014)

jueves, 20 de marzo de 2014

Las derrotas del secretismo

El ya conocido secretismo con que los Ortega M. manejan sus asuntos y obligan a otros a manejar los asuntos institucionales, les ha propinado una derrota en la opinión pública.

Durante varios días, el rumor de la muerte de Daniel Ortega saturó el ambiente.  De eso se hablaba en los buses, en los comedores, en los centros de trabajo, en todas partes, en las ciudades, en las áreas rurales, en la Costa Caribe.  Un rumor que partió de los círculos orteguistas, con detalles de todo tipo y que rápidamente se convirtió en una certeza popular.

La mayoría del pueblo nicaragüense cree, sin duda alguna, que Ortega padece una grave enfermedad o que, al menos, tiene una situación de fragilidad tal que puede morirse repentinamente y que está, por lo mismo, incapacitado para manejar los hilos del poder que detenta inconstitucional e ilegalmente, razón por la cual ha entregado el mando a su esposa Rosario Murillo. Así, por más que Ortega trata de aparecer como poderoso, la percepción popular, incluyendo a sus seguidores, lo pone en una posición de salida del escenario en cualquier momento.

La especulación sobre la salud deteriorada de Ortega o de su deceso, desató una conspiración entre sectores del orteguismo cuyo objetivo era oponerse a la posible sucesión de Rosario Murillo en el poder. La percepción de un Ortega debilitado e inhabilitado también es dominante entre sus seguidores.

El rumor confirmó la escasa credibilidad que la mayoría del pueblo tiene en Rosario Murillo. Mientras crecían las bolas, en sus alocuciones habituales ella afirmaba estar recibiendo instrucciones de Ortega sobre distintos asuntos. Pero, la mayoría del pueblo, incluyendo a la mayoría de los orteguistas, consideraba que, en efecto, estaba muerto. Casi nadie creyó sus palabras.

Ortega y Murillo han quedado, nuevamente, en evidencia en su capacidad de mentir al pueblo. Fue el mismo Ortega quien dijo al Cardenal Brenes que no podían acompañarlo en su recorrido pues salían en ese momento a Venezuela, lo que resultó ser una tremenda mentira, pues solo el  miércoles tomaron el avión hacia ese país.

En esa conversación televisada, Ortega hizo chacota con el rumor, riéndose de muchos de sus seguidores que habían lamentado su muerte.  Se comparó a Jesucristo afirmando que había resucitado y se trató de burlar del Cardenal Brenes diciéndole que le había hecho tal milagro. Un traspiés detrás de otro.

Total, el secretismo de los Ortega Murillo les cobró la cuenta en sus propias filas y entre el pueblo nicaragüense. Ahora sí quedó clara la percepción popular que nunca aparece en las encuestas.

miércoles, 19 de marzo de 2014

UNA ESTELA INEXTINGUIBLE



Por Luis Rocha Urtecho



Hoy, miércoles 19 de marzo, día de San José, se cumplen 20 años de lo que sería más apropiado calificar como de exhalación, que de fallecimiento de José Coronel Urtecho, “liróforo celeste”, “torre de Dios”, mago de la poesía, Capitán del Movimiento de Vanguardia y “siempre vanguardista” como se proclamó ante la crítica guatemalteca Lucrecia Méndez. El título que le he puesto a este artículo –para que nadie lo olvide nunca, más que para recordarlo sólo hoy- tiene los dos significados de “estela”: el de estrella, y el de cuerpo siempre en movimiento. Y “siempre” es algo que no se extingue, pues siempre seguirá siendo un necesario punto de referencia en la cultura nacional, y por ende en la literatura universal. Culto, lector infatigable, crítico que crea y recrea, traductor de primera categoría, prosista originalísimo como lo demuestra, en “Rápido transito”, para mencionar la más significativa de sus obras en prosa, arte narrativo que se extiende a sus “Reflexiones sobre la Historia de Nicaragua”, donde “conversa” sobre nuestra historia y la transforma en una cautivante conversación, don, el de conversar, en el que fue un constante movimiento de la genialidad.



Este gran escritor y conversador polifacético nació en Granada, el 28 de febrero de 1906, y murió en la finca Verdún, en el fronterizo poblado de “Los Chiles”, Costa Rica, el 19 de marzo de 1994, a los 88 años. Casi tres años antes, el 7 de agosto de 1991, había muerto María Kautz Gross, su mujer “roja como una leona”, “La cazadora” de sus sonetos y poemas “uxóricos” –apología sublime de la pareja humana- , y eterna compañera, inspiración y razón principal de su vida. Con la muerte de ella, en cierto sentido ese 7 de agosto, terminó también la vida del poeta Coronel, pues a partir de aquel momento se dejó llevar por su ausencia, hacia un misterioso e inminente reencuentro. Ambos descansan –es un decir- en el cementerio de “Los Chiles”, en Costa Rica. Y digo que decir descansan es un decir, porque ambos, juntos, fueron incansables, como me imagino que lo seguirán siendo.



Al poeta José Coronel Urtecho, ya enfermo con un cáncer de nariz irreversible, lo iba a ver casi una vez al mes junto con su hijo Carlos y su esposa Jean, siendo la última en 1994, cuando el 28 de febrero le celebramos sus 88 años, noche en que podría asegurar decidió irse, o sea introducirse en el raudal o torbellino de aguas que lo conduciría, tan solo diecinueve días después, por un río que va hasta el fin, que es como decir al principio del río, porque para mí el Río San Juan siempre corrió y corre vital y literariamente en José Coronel Urtecho.



“En un lugar de soledad casi sagrada”, en San Francisco del Río, escribió su célebre “Rápido tránsito”, publicado en 1953, y dedicado por supuesto a su María Kautz al igual que su extraordinario libro de poemas “Pol-la d’ananta katanta paranta” (1993). Entre 1962 y 1967, escribió en la finca “Las Brisas” sus “Reflexiones sobre la Historia de Nicaragua”, que fueron reeditadas en el 2001. Ahora que nuestro país necesita con urgencia un “equilibrio” que nos salve del precipicio, vale la pena la relectura de estas “Reflexiones”. Dice Coronel:



“Tal vez la historia de Nicaragua sea en definitiva una confusa lucha por encontrar un equilibrio que aún no sabemos dónde se encuentra ni en qué consiste. En otro tiempo existió un equilibrio. No se puede negar que se perdió a raíz de la independencia. En el futuro puede encontrarse otro equilibrio diferente. Algunos piensan que la lucha es cada vez más clara. En el pasado ha sido sumamente dura. Pero la resistencia del pueblo de Nicaragua es increíble. Reflexionar sobre su historia es siempre interesante, porque nunca se pierde la esperanza”.

martes, 18 de marzo de 2014

El alegre informe de la UIP



Onofre Guevara López

En el lenguaje de la cotidianidad se usan refranes cuyas finalidades son describir, definir y resumir en frases cortas las cualidades de las personas y las cosas. A veces son de tal sabiduría, que algunos se interpretan como consejos y enseñanzas morales. No toda la gente aprecia los refranes, pero nadie escapa de su efectividad pedagógica.

Esas características del refrán, me las hizo recordar una rara noticia, de esas que casi pasan inadvertidas entre el exceso de la información que a diario nos reclaman su atención –para gozo o para angustia— desde todos los rincones del mundo. Me refiero a la noticia sobre el informe de la Unión Interparlamentaria (UIP) donde se pone a Nicaragua a la cabeza de una lista de 163 países con más mujeres en el parlamento, el 42%, por encima de países desarrollados, como Suecia, Francia, Noruega y Finlandia.

Eso es decir mucho. ¿Pero en dónde está la relación de esa noticia con algún refrán? Aquí está: cuando decimos que “La esencia no viene en barriles”, queremos significar que no es precisamente de rigor que la cantidad deba tener relación con la calidad. Así, la cantidad de mujeres en la Asamblea Nacional (próxima a la meta que fija la Ley 50-50), no la transforma en el mejor parlamento del mundo, porque esa cantidad no se traduce en calidad. No es que se niegue las cualidades humanas de ese 42% de diputadas, pero no existe modo de hacer que esas cualidades se vuelvan sinónimos de sus cualidades como parlamentarias.

La cantidad de mujeres en el parlamento no compensa su falta de calidad, dado que ni siquiera hablan y carecen de acción libre y de pensamiento autónomo; y esa situación no cambiará con su campeonato mundial de la cantidad. El gozo que el informe de la UIP les causa a las diputadas orteguistas no se justifica, es tan falso ese gozo, como la afirmación de una de ellas: “…que el informe de UIP evidencia que las mujeres están en los lugares donde se están tomando decisiones.” Si la presencia de mujeres en el plenario no es igual a participación en los debates, mucho menos que ellas tengan que ver con las decisiones en algún aparato estatal.

Es difícil creer que el organismo que asocia a los parlamentos del mundo tuviera la intención de reconocer que la cantidad de mujeres en el parlamento nacional es sinónimo de calidad. Eso sí, lo sabe bien la señora diputada que hizo su fantasiosa afirmación. Afirmación que no les quita lo sumiso ante el titular del Ejecutivo, pues de todos es conocido que ni toda la bancada orteguista tiene voz libre ni pensamiento propio.

No es necesario recurrir al diario de debates de la Asamblea Nacional para darse cuenta de cuántos diputados orteguistas hacen uso de su voz en el plenario. Después de Edwin Castro, el portavoz oficial, solo se escuchan voces que poco pasan del mero trámite institucional como la del presidente, cuando abre la sesión y concede la palabra; la de la primera secretaria, cuando se refiere al acta y la agenda; la de Wálmaro Gutiérrez, cuando tiene que “cantar” sobre temas económicos, pero todos están obligados a votar por la consigna, so pena de expulsión del parlamento.

La víctima y testigo incuestionable de cómo se menosprecia a los diputados –en particular a las mujeres— en la Asamblea campeona del mundo por la cantidad de mujeres en sus curules, es Xóchitl Ocampo. ¿Quién ha olvidado cómo la castigaron con la expulsión por haber creído que estaba en la Asamblea por sus cualidades humanas, de mujer, militante, diputada y profesional y que, por eso, ella podía expresar sus criterios con libertad? Pronto se dio cuenta de que su creencia era una mera ficción. La expulsaron automáticamente, no por haber fallado a sus cualidades, sino por el hecho de haberse abstenido de votar junto a la mayoría sumisa en contra de los intereses nacionales y a favor de la concesión canalera a Wang Jing.

Las voces de ese 42% de mujeres nunca se han escuchado en la Asamblea Nacional –ni fuera de ella— en favor de la restitución del derecho de las mujeres nicaragüenses a proteger sus vidas con la interrupción del embarazo por graves motivos de salud. O sea, que las mujeres orteguistas les quitaron el derecho a proteger sus vidas al penalizar el aborto terapéutico. Tan malo es su silencio como su complicidad anti género, por ser solidarias y obedientes con la orden oficial y el deseo de las jerarquías católica y evangélica en contra de sus propios derechos humanos.

Esos dos casos concentran suficiente negatividad como para que las mujeres parlamentarias sientan vergüenza, en vez de sentirse satisfechas y gozosas por el informe de la UIP. Un informe que ignora o finge ignorar la condición supeditada de las mujeres, y del parlamento nicaragüense en su conjunto, ante el poder Ejecutivo. En la UIP apreciaron en el barril sin fijarse en la esencia.

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Paráfrasis



Los acontecimientos del pasado de la sociedad humana y de los países, son objetos de estudios para la historia, pero con frecuencia esos estudios son olvidados y suplantados por la histeria.

La Revolución, 35 años después



Carlos F. Chamorro



I—Una mirada al presente
El 19 de julio se cumplirán 35 años del triunfo de la revolución sandinista que derrocó a la dictadura de Somoza en 1979. Después de 10 años de revolución, guerra de agresión y guerra civil, el 25 de febrero de 1990 el FSLN fue derrotado en un proceso electoral. Posteriormente se negoció el desmontaje del modelo revolucionario, implementándose un programa de reformas neoliberales que prevalece hasta hoy.
Sin embargo, desde que el comandante Daniel Ortega regresó al poder en el 2007, ganando unas elecciones con el 38% de la votación en primera vuelta, el FSLN proclama que Nicaragua está viviendo una segunda etapa de revolución llamada “cristiana, socialista y solidaria”
La revolución de 1979 representó un hito histórico. Fue la última revolución armada triunfante del siglo XX que expulsó del poder a una dictadura militar dinástica que durante más de cuatro décadas contó con el apoyo de Estados Unidos.
Con la revolución se abrió una expectativa de liberación, cambio social y democratización. Paradójicamente, con la derrota de la revolución en 1990, también se abrió una segunda oportunidad de democratización en Nicaragua, apuntalada en el pluralismo y en las fuerzas políticas y sociales que surgieron de la revolución, tras el fortalecimiento de instituciones clave para dirimir los conflictos y la competencia política como el Consejo Supremo Electoral, el Ejército Nacional y la Policía Nacional, y las reformas constitucionales de 1995 que establecieron un contrapeso fundamental entre los poderes del estado.
Al cumplirse los primeros 20 años de la revolución, publiqué un texto sobre este mismo tema titulado “Las huellas del 79” (El Nuevo Diario, 19 de julio 1999) en el que destacaba con optimismo el legado político de la revolución, asociándolo a las instituciones antes mencionadas y al peso político del sandinismo, ya no como un partido monolítico, sino como un conjunto de fuerzas dispersas, dentro y fuera del partido FSLN, en las organizaciones sociales, o en la sociedad civil, con el potencial de promover procesos de cambio social y político. Exceptuando la creación de una nueva clase de pequeños propietarios y cooperativas en el campo, el legado económico-social de la revolución había sido barrido por la guerra, la hiperinflación y el ajuste económico de los 90, y en consecuencia, su principal huella era eminentemente política, a pesar del gobierno de turno de Arnoldo Alemán.
Quince años después, no existen bases objetivas para mantener ese optimismo. Por el contrario, en Nicaragua se ha instalado un proceso de regresión autoritaria encabezado por un nuevo FSLN, privatizado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, mientras las instituciones estatales como el Consejo Supremo Electoral o el Ejército Nacional que antes parecían conquistas irreversibles, han sucumbido a la cooptación del caudillismo.
El nuevo régimen de Ortega, en proceso de consolidación, se presenta como una versión del “socialismo del siglo XXI”, cobijado bajo los símbolos rojinegros de Sandino y la revolución sandinista. Pero su trayectoria en estos seis años no representa un proyecto de cambio revolucionario o de reformas sociales. Por el contrario, revela la conformación de un régimen corporativista en alianza con el gran capital nacional e internacional, que ejerce un alto grado de control social sobre importantes grupos organizados de la población, sindicatos, cooperativas, y jóvenes.
En lo político, actúa como un régimen autoritario de ordeno y mando, que invoca la democracia directa pero no admite ningún contrapeso o sistema democrático de rendición de cuentas. Un régimen centralizador del poder que se maneja con un estilo extremadamente personalista. Esta es quizás su principal debilidad a corto plazo.
En lo económico, es un modelo pro negocios privados en una economía de mercado tutelada por el Fondo Monetario Internacional. Su particularidad ha sido la privatización de la cooperación venezolana, que representa más de 3,300 millones de dólares entre 2007 y 2013, manejados de forma discrecional fuera del presupuesto. Esto le ha permitido a Ortega, sin tener que recurrir a una verdadera reforma fiscal que afecte la alianza con los empresarios, disponer de fondos para financiar programas gubernamentales, pero también para desviarlos hacia actividades partidarias y la creación de un emporio económico privado de negocios familiares al margen de toda supervisión estatal.
En lo social, el régimen impulsa una política asistencialista de transferencias directas y expansión de la cobertura de algunos servicios públicos, a través de mecanismos de participación que promueven el clientelismo político, anulando cualquier iniciativa de gestión de derechos y promoción de ciudadanía.
En el ámbito internacional, el régimen mantiene una retórica antimperialista, mientras colabora con la política de EEUU en los temas de seguridad, drogas y comercio. Y al mismo tiempo, mantiene un alineamiento con las políticas del ALBA y un acercamiento con Rusia, y ahora con China al otorgar a un empresario chino una concesión obscenamente lesiva a la soberanía nacional para promover el megaproyecto del canal interoceánico.
En lo ideológico, el régimen invoca una retórica revolucionaria, pero practica el culto a la personalidad en torno a Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, cobijados por un mesianismo religioso ultra conservador.
A estas tendencias estructurales, se agregan la recién aprobada reforma constitucional y la reforma al Código Militar, que despejan el camino para el continuismo y la reelección presidencial indefinida, con el sometimiento de las instituciones armadas a la voluntad política del caudillo. De esta manera el régimen empieza a asemejarse al de Somoza que fue derrocado por la revolución de 1979, por lo que a Daniel Ortega le calzaría muy bien aquella frase de Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” cuando dijo que “algunos personajes de la historia aparecen dos veces, primero como tragedia y después como farsa”.
Analizar este proceso que Mónica Baltodano ha llamado “las mutaciones del FSLN” (revista Envío, UCA febrero 2014) y la consolidación del liderazgo familiar de Daniel Ortega ocurrido en las últimas dos décadas, tiene una importancia fundamental para entender la evolución de Nicaragua y su futuro. Estas son algunas de las preguntas que estamos obligados a responder, y ojalá formen parte del debate de las nuevas generaciones
a) ¿Cómo se produjo esta involución del FSLN que pasó de ser un partido revolucionario a una maquinaria electoral, al estilo del PRI de México, pero con un liderazgo continuista y ahora familiar?
b) ¿Cómo ocurrió la “toma del Estado” por el FSLN, empezando por el pacto bipartidista con Arnoldo Alemán en 1999, para llegar ahora al control del poder total, del sistema electoral, la justicia, del ejército y la policía, y de todas las instancias autónomas del estado?
c) ¿Cuál es la ideología de este proyecto, si es que tiene alguna, y qué relación tiene con la cultura política tradicional nicaragüense y con el legado de la revolución sandinista y su memoria histórica?
d) ¿Cuál es el sustento económico de este proyecto de alianza con el gran capital, en el que el FSLN mantiene el control de la base social, con la migración como válvula de escape? ¿Qué niveles de pobreza y desigualdad social resultan compatibles en este modelo?
e) ¿Es éste un proyecto sostenible a mediano plazo? ¿Puede tolerar el surgimiento de una oposición política y social que le haga contrapeso y plantee un desafío de poder democrático, o inevitablemente derivará en un nuevo ciclo de violencia en Nicaragua?
II- Una mirada al pasado



Permítanme ahora compartir algunas reflexiones sobre la revolución de 1979 y la década revolucionaria, desde la perspectiva de un protagonista que asume la revolución con todos sus aciertos y sus errores, para intentar encontrar algunas claves explicativas desde el pasado.
Así como hoy se suele incurrir en simplificaciones sobre lo que representa el régimen de Daniel Ortega, y se cuestiona el hecho de que siendo éste un régimen autoritario cuente con apoyo social y después de seis años en el poder se haya convertido en una mayoría política, padecemos de una cultura reduccionista sobre lo que fue la dictadura de Somoza y la revolución. Es imperativo, por lo tanto, evitar a toda costa las simplificaciones.
A lo largo de 45 años, la dictadura se mantuvo en el poder combinando cooptación social y represión, con la lealtad de una guardia pretoriana y el respaldo de EEUU, pero también generó apoyo en importantes sectores emergentes. El genocidio ocurrió durante la crisis de la dictadura en 1978 y 1979, pero antes hubo períodos de alto crecimiento económico durante dos décadas. Crecimiento sin desarrollo social; crecimiento sin democracia y con fraudes electorales; crecimiento económico en alianza con los grandes capitales, frente a los cuales Somoza practicaba una máxima que Ortega esta empenado en replicar: “Hagan plata, que de la política me encargo yo”. Antes y ahora, en Nicaragua el hombre fuerte mantiene el monopolio de la política.
La crisis de la dictadura fue el resultado de una acumulación de contradicciones y una combinación de factores: a) El cierre de los espacios políticos electorales y la imposición del continuismo de Somoza; b) El degaste de legitimidad del régimen causado por la represión y las violaciones a los derechos humanos y la corrupción; c) Las luchas sociales y sindicales desatadas tras las tensiones económicas y sociales post terremoto de 1972; d) La “competencia desleal” entre Somoza y otros grupos económicos; e) La pérdida del apoyo de EEUU a raíz de la política de derechos humanos de Carter; f) La persistencia de la lucha y el desafío político-militar planteado por el FSLN en la ciudad y el campo y su estrategia de alianzas nacionales e internacionales; g) La presión del movimiento de masas insurreccional, desatado a raíz del asesinato de mi padre, Pedro Joaquín Chamorro en enero de 1978; h) Por último, la enconada resistencia de Somoza a abandonar el poder, impidiendo una sucesión reformista del régimen, durante la crisis de 1979.
El derrocamiento de la dictadura representa el momento de mayor consenso nacional que alguna vez se haya alcanzado en la historia de Nicaragua. El objetivo común era erradicar el régimen dictatorial y abrirle paso a una nueva era de democratización y justicia social. El resultado inmediato de esos cambios quedó registrado en grandes movilizaciones como la Cruzada de Alfabetización. Pero ese consenso y la alianza nacional se perdió rápidamente después de la caída de Somoza, no solamente por las contradicciones intrínsecas que conlleva todo proceso de cambio revolucionario, sino además porque el concepto de poder del liderazgo revolucionario era intrínsecamente divisivo.
Aunque el FSLN se distanció de la ortodoxia de la izquierda mundial y planteó una plataforma innovadora basada en el pluralismo político, la economía mixta y el no alineamiento, en la práctica recurría a un esquema de poder total para poner en práctica ese programa. Un esquema hegemónico en el cual la fusión estado-partido-ejército-organizaciones de masas-aparatos ideológicos, respondía a un mando único. Un concepto vanguardista del poder, bajo la premisa voluntarista de que el sobreesfuerzo de la conciencia política y el alineamiento con el bloque socialista, compensarían las limitaciones materiales objetivas en un país pequeño en transición al socialismo, para emprender las reformas nacionales --educativa, agraria, electoral-- que la burguesía no podía desarrollar.
La revolución promovió la democracia participativa y el pluripartidismo, pero subestimó el principio democrático de rendición de cuentas del poder y el papel de las instituciones democráticas autónomas que funcionan como contrapeso del poder. Por una parte, apelaba a la legitimidad del poder revolucionario afirmando que la revolución era fuente de derecho, y por la otra, el esquema ideológico revolucionario despreciaba al Estado de Derecho estigmatizado como un concepto de falsa democracia burguesa. Una creencia que fue reforzada por la experiencia histórica del derrocamiento del gobierno democrático y socialista de Salvador Allende en Chile en 1973.
El modelo de transformación económica, con un fuerte peso de la hegemonía del Estado, generó contradicciones no solo con la clase empresarial, sino también con el campesinado y las etnias de la costa atlántica. De esa resistencia y la intervención de las operaciones encubiertas financiadas por Estados Unidos, surgió el germen de lo que sería una desastrosa combinación de guerra de agresión externa y guerra civil.
Es inútil intentar reescribir el curso de la historia. Pero cuando se analiza el proceso nicaragüense, resulta terriblemente doloroso observar el peso de la ideología de la inevitabilidad de la guerra, al calor de la guerra fría. Del lado sandinista, prevalecía el convencimiento de que la revolución generaría su propia contrarrevolución y la agresión externa, y se proyectaba en la revolución salvadoreña una esperanza para contener y derrotar la agresión de Estados Unidos. Del otro lado, el fundamentalismo ideológico de la Administración Reagan hizo de la guerra en Nicaragua un factor estratégico de su política exterior hacia el tercer mundo. Defender la revolución era, en consecuencia, un parto violento y necesario: una misión de dimensiones históricas. Pero el desenlace de la guerra sería la muerte de decenas de miles de personas, la hiperinflación y el descalabro de la economía nacional.
Nada resume mejor este dilema que una hermosa canción que hizo Salvador Cardenal del Dúo Guardabarranco en 1983. “Guerrero del Amor” se convirtió en un himno generacional para los jóvenes que fueron a la guerra en los 80 y dice en una de sus partes: “Te cambio una canción por el coraje de tus jóvenes manos combatientes fundidas al metal con que nos salvas….Autor anónimo de la alborada, venado silencioso en la montaña, guerrero del amor. Hijo de este tiempo, remolino, pobre niño parido pues en plena selva, para llegar al fin a la victoria. Te cambio estos 20 años duplicados a causa de esta guerra necesaria, por la carnosa flor de la esperanza”. Cada vez que escucho esa canción en esta Nicaragua del siglo XXI, me cuestiono en medio del dolor por el sacrificio de esa generación por una utopía que hace mucho tiempo dejo de ser, en un país donde hoy tampoco existe una esperanza.
Aunque el FSLN nunca se propuso construir la democracia representativa, sino más bien promover la justicia social, al aceptar la derrota en las urnas en 1990 sentó las bases de la democracia electoral. Veinticuatro años después, incluso esa conquista básica e insuficiente para la democracia se está perdiendo. Emulando a Somoza, Daniel Ortega regresó al poder enarbolando un proyecto que desprecia la transparencia electoral, aboga por el continuismo, y ha instaurado el clientelismo político en el ejército y la policía. Una vez más, la rueda de la historia de Nicaragua está regresando al mismo punto de partida.
Ante este callejón sin salida, urge un reformismo radical o un radicalismo necesariamente democrático. La construcción democrática no solo requiere fijar reglas del juego, afianzar instituciones, y promover una cultura democrática, sino además emprender las reformas económicas y sociales que no se hicieron en las últimas tres décadas, empezando por la reforma fiscal. Pero nada de esto será posible sin la presión política y el contrapeso de fuerzas sociales que conduzca primero a la reforma electoral. Una democracia inclusiva con instituciones democráticas y reformas económicas y sociales, representa una utopía menos heroica que la que abrazamos hace 35 años, pero está más cerca de los cambios duraderos, irreversibles, que también soñaron los que cayeron por la revolución.
*Texto basado en una presentación para la conferencia “Archiving the Central American Revolutions”, organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos (LILLAS) de la Universidad de Texas en Austin , el 19 de Febrero 2014.


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