El diario granadino EL CORREO (1913-1934), fué fundado por quien fuera su Director, Carlos Rocha Avellán y es sobre todo recordado por haber dado acogida a las publicaciones literarias del Movimiento de Vanguardia, "Rincón de Vanguardia" y "Página de Vanguardia", a cargo de Pablo Antonio Cuadra Cardenal y Octavio Rocha Bustamante, hijo éste último de don Carlos y padre de Luis Rocha Urtecho, quien, junto con su nieto Luis Javier Espinoza Rocha, retoman hoy "El Correo Nicaragüense"; un blog pluralista, que agradece la reproducción de su contenido.

martes, 1 de abril de 2014

Vejez, divino tesoro



Cuando se vislumbran los sesenta años de edad, en las sociedades occidentales capitalistas es usual que el que más y el que menos quieran dejar su futuro atado y bien atado para no ser una rémora en su círculo íntimo familiar, hijas e hijos principalmente.
El capitalismo es un sistema regido por la utilidad máxima: solo cabe ser adolescente de modo permanente. En cuanto aparecen las fisuras físicas y mentales, uno abandona el rol de trabajador explotable. Los que ya no rinden beneficios al régimen entran de lleno en el cementerio de lo prescindible.

Ese pensamiento radical que sobreviene en las proximidades de la sesentena no es de índole natural sino que tiene un carácter cultural profundo, requiere un aprendizaje social, formando parte de los valores acuñados por la costumbre y las tradiciones seculares. Interiorizar este valor conlleva aceptar pasivamente que la vida se termina de repente en el momento que el reloj biológico hace de precursor de la jubilación laboral. Uno se jubila mucho antes en la mente que en la realidad física.

Se trata de un pensamiento ideológico inducido dentro de un caldo de cultivo superestructural que desecha todo aquello que no se rige por el movimiento incesante y continuo, repetitivo e imparable. La hegemonía de lo físico sobre lo psicológico y la experiencia acumulada no son factores positivos a considerar.

La problemática planteada es cada vez más aguda y afecta a más personas, dado el envejecimiento acusado de las poblaciones de los países occidentales. Las tasas de natalidad se encuentran bajo mínimos históricos y la esperanza de vida sube sus índices por encima de los 80 años de media, aunque no en todos los sectores sociales. Las clases trabajadoras cuentan con mayores riesgos vitales para llegar a edades provectas, más aún en épocas de crisis.

Hasta ahora, la vejez ha sido recluida en instituciones ad hoc o ha estado al cuidado familiar. La primera opción, que ha ido extendiéndose de manera paulatina, era la preferida por las clases pudientes, siendo la segunda alternativa la obligada para las clases populares y trabajadoras. Mientras los ancianos se valen por sí mismos, el capitalismo y los servicios sociales les reservan actividades peculiares: viajes organizados, gimnasias blandas, centros de día, canguros ocasionales de nietos y paseos renqueantes al sol matinal o vespertino. Era y es puro entretenimiento y distracción del tiempo, un vagar hacia la muerte sin protagonismo individual o social.

Con la crisis, muchos pensionistas están salvando a numerosas familias de caer en la indigencia, además de ser sujetos activos en la reproducción diaria de la vida realizando las tareas propias del hogar como limpiar, comprar víveres y cocinar. Su contribución viene siendo decisiva como sostén económico de las unidades familiares más afectadas por la crisis y como personal doméstico no retribuido.

Resulta insoslayable replantearse lo que la sociedad hace por las personas mayores. La calidad democrática así lo exige. No se trata de nombrar eméritos honoríficos a todas las personas jubiladas de la economía regular sino de ofrecerles un estatus social, moral y político que haga justicia a su condición biológica y cultural. La dignidad debe ser la base en la que se asiente ese nuevo papel asumido por toda la ciudadanía.

No podemos reducir la vejez a relaciones exclusivamente endogámicas. La pluralidad social se enriquece con vinculaciones constantes y fluidas entre la niñez, la juventud, la edad adulta y la ancianidad. Es preciso un diálogo a múltiples bandas sin reticencias ni prejuicios insolidarios de superioridad.

En las sociedades actuales, todos precisamos de todos porque todos, sin excepción, somos vulnerables y dependientes del otro para desarrollarnos plenamente como seres humanos racionales. La utilidad económica convierte a las personas en meros factores estadísticos, arrojando a la basura la dignidad intrínseca con la que venimos al mundo.

La edad jamás puede ser un motivo de discriminación social. Las singularidades que presenta la ancianidad son perfectamente asumibles por una sociedad en la que la ética pese más que el beneficio económico. Los valores que aporta la vejez al conjunto son de muy variada índole: sabiduría, experiencia, tranquilidad y sosiego, perspectiva mesurada, no competitividad…

Ciertamente los valores aludidos no son los que conforman el ideal del régimen capitalista. En el capitalismo priman los factores contrarios: belleza física, consumismo, inmediatez y no compromiso con el semejante. Darle la vuelta a esta situación requerirá esfuerzos políticos y también ideológicos suplementarios que incidan en la cultura predominante de la utilidad medida en rendimientos económicos en exclusiva.

La vejez no debiera ser considerada como una etapa sobrante de la vida, una especie de no lugar en tránsito a la muerte. La gente mayor está influida por esta visión que cercena sus capacidades particulares y sus potencialidades sociales. Una vez que hace suyos estos planteamientos reaccionarios, la vejez se convierte en un túnel sin salida ni vuelta atrás.

Estar en activo, socialmente hablando, no debe entenderse sin más como la adquisición del rol de producir objetos, mercancías o servicios susceptibles de ser comercializadas en el escaparate del consumo cotidiano. Los valores intangibles son igualmente necesarios para la vida colectiva. El diálogo, el amor, el cuidado y la experiencia forman asimismo parte de la esencia de los seres humanos.

Hace falta con urgencia establecer una red pública que atienda a la dependencia en todas sus facetas, condicionamientos y determinaciones sociales. Una estructura que permita, en el caso que nos ocupa, que la ancianidad se inserte por completo en el tejido social de modo natural, solidario y activo. Hay que desterrar de una vez por todas las soluciones jerárquicas y caritativas que someten la vejez a una disciplina que los infantiliza prescriptiva y radicalmente.

Desde luego, es imprescindible cambiar las tornas culturales que fijan la ancianidad como un elemento pasivo que solo origina gastos en su manutención y cuidado. Transformar la vejez en un lugar más de la esfera social, política, ideológica y cultural es tarea de todos.

Las guerras de Paz


México conmemora hoy el centenario de Octavio Paz, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990 y, para muchos mexicanos, el mayor escritor de nuestra historia. Para celebrarlo, han venido poetas laureados a un recital de poesía y, a lo largo de cinco días, se han llevado a cabo varios actos significativos, entre ellos un Congreso Internacional para discutir los temas que lo apasionaron a lo largo de su vida (la revuelta, la rebelión y la Revolución, el sentido de la historia de México, la relación de los escritores y el poder, los fanatismos de la identidad, la democracia en el orbe latinoamericano). Pero la celebración no será unánime. Las guerras intelectuales que libró en vida, las sigue librando después de muerto. Pareciera que Octavio nunca encontrará la Paz inscrita en su apellido.
Perteneció a esa familia de escritores nacidos alrededor de la Primera Guerra Mundial, marcados por los hechos cruciales que ocurrieron entre 1929 y 1944: la caída de Wall Street, el advenimiento esperanzador de la Revolución rusa, el ascenso del fascismo y el nazismo, la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto. Fue el hermano mexicano de Albert Camus, Ignazio Silone, André Breton, George Orwell, Arthur Koestler, Daniel Bell, Irving Howe: los disidentes de la izquierda. En su juventud fue marxista ortodoxo y en 1937 viajó a España para apoyar a los republicanos. Y, aunque rechazó desde temprano el realismo socialista, repudió al estalinismo y marcó sus distancias de la Revolución cubana, mantuvo su fe en la Revolución como la palanca de redención social, la única posible epifanía de la historia. Todavía en 1967 consideraba al marxismo “nuestro punto de vista” y pensaba que la Revolución, “ungida por la luz de la idea, es filosofía en acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida (...). Popular como la revuelta y generosa como la rebelión, las engloba y las guía”. De hecho, no fue sino hasta leer elArchipiélago Gulag en 1974 (justo al cumplir los sesenta años) cuando Paz tuvo la epifanía inversa: “ahora sabemos —escribió ese año— que el resplandor, que a nosotros nos parecía una aurora, era el de una pira sangrienta”.
“Nuestras opiniones en esta materia no han sido meros errores (...), han sido un pecado en el antiguo sentido de la palabra: algo que afecta al ser entero (...). Ese pecado nos ha manchado y, fatalmente, ha manchado también nuestros escritos. Digo esto con tristeza y humildad”.
A lavar ese pecado dedicó los siguientes 24 años de su vida.
Octavio Paz estaba casi predestinado para el culto a la Revolución: nieto de un combativo editor que había participado en las guerras liberales y tenía retratos de Danton y Marat en su biblioteca; hijo del representante de Emiliano Zapata en Estados Unidos, Paz siguió esa genealogía romántica confiando en el poder revolucionario de la poesía para revelar al mundo y para cambiarlo. Pero, curiosamente, en este sentido una influencia importante fue Walt Whitman. Paz no escribió (como Neruda, otro whitmaniano) la gran saga poética de la América hispana sino un admirable libro en prosa: El laberinto de la soledad. Desde su publicación en 1950, sigue siendo, para muchos, el espejo donde el mexicano contempla, con horror y fascinación, los rasgos de su identidad: su extraña pasión por la muerte y por la fiesta, sus miedos más recónditos a ser eternamente vencidos o conquistados, el subsuelo indígena (latente, pendiente), el arraigo de su vieja cultura española y católica, el desencuentro con el liberalismo occidental, la vocación nacionalista y revolucionaria.
Octavio Paz confiaba en el poder revolucionario de la poesía para revelar al mundo y para cambiarlo
Aunque fue celebrado desde muy joven por su poesía filosófica (en la que el tiempo, el instante, el amor y sus metáforas en el mundo natural son temas constantes), tras la publicación de El laberinto de la soledad,la obra y la fama de Paz cobraron mayor impulso. Su encuentro en París con Breton y el surrealismo (desde 1947 hasta 1968 vivió en los ambientes de la diplomacia internacional) y su contacto genuino con las culturas orientales (en particular con Japón y la India, donde vivió, pero también con China) liberaron sus formidables energías creativas, no sólo en su poesía sino en libros de teoría literaria (El arco y la lira, La otra voz) o ambiciosos tratados sobre el ocaso de las vanguardias (Los hijos del limo). A este prestigio fincado en su obra se sumó su gallarda renuncia al puesto de embajador en la India tras la masacre de Tlatelolco que puso un sangriento fin al movimiento estudiantil de 1968. Paz creyó ver en la rebelión estudiantil en Europa Occidental y del Este, Estados Unidos y México el advenimiento de la Revolución que había esperado desde su juventud. Y por un breve momento, los jóvenes de entonces nos unimos a él en esa creencia.
De pronto, para sorpresa de esas nuevas generaciones en México y América Latina, Octavio Paz —el poeta revolucionario, el hombre de izquierda— dio el viraje definitivo que aquellos hermanos suyos, los disidentes de izquierda europeos y estadounidenses, habían dado resueltamente a partir de los años treinta en sus libros o revistas. Criticó con denuedo los fundamentos ideológicos de la Revolución rusa (y la china y la cubana, por añadidura), hizo el recuento de su saldo histórico (mentiras, miserias, crímenes) y revaloró la democracia (desde una postura socialdemócrata).
En 1976 fundó la revista Vuelta, que circuló profusamente, mes con mes, en los países de habla hispana hasta la muerte de Paz en abril de 1998. Vuelta fue su trinchera. Allí publicó la obra de los disidentes del Este (Michnik, Solzhenitsyn, Sájarov, Kolakowski) y la de los nuevos desencantados en Occidente: Vargas Llosa, Semprún, Revel, Edwards. Además de denunciar sistemáticamente a las dictaduras militares de América Latina y la “dictadura perfecta” del PRI, Paz y Vuelta criticaron —desde los valores de la democracia— a los movimientos guerrilleros de América Latina. En aquellos años —aun más que ahora—, la izquierda latinoamericana no toleraba la mínima crítica a Cuba ni la mínima duda sobre el balance “globalmente positivo” del socialismo real en la URSS y Europa del Este. Frente a esa posición cultural hegemónica, Paz tuvo el valor de introducir y auspiciar a la opinión disidente. Los viejos instintos inquisitoriales y escolásticos reaparecieron ante el heterodoxo: fue acusado de “reaccionario”, deturpado en las aulas, las revistas académicas y los periódicos; en 1984 su efigie fue quemada frente a la embajada norteamericana (hecho paradójico, porque Paz fue un crítico persistente de la política exterior estadounidense y la economía de mercado). Pero nunca cejó en su combatividad, quizá porque era una forma de expiación. No fue casual que el primer Premio Nobel después de la caída del Muro de Berlín haya sido para él: un poeta de la libertad.
Fue acusado de reaccionario, fue injuriado en aulas y revistas, pero nunca cejó en su combatividad
Lo acompañé durante 23 años en Vuelta, en esa guerra que no termina. Se sigue librando en las calles de Venezuela y en la conciencia de quienes creemos en la democracia terrenal y perfectible, no en la Revolución redentora y celestial. Paz cometió la herejía de abanderar esa guerra. Muchos, aún, no se lo perdonan. Muchos, aún, quemarían su efigie. Por eso la conmemoración ha sido ambigua. Por eso Paz nunca encontrará la Paz. Es su destino, y su gloria.
Enrique Krauze es escritor mexicano y director de la revista Letras Libres.

sábado, 29 de marzo de 2014

Tus manos y mis manos deshacen la frontera (Nueva conversación con José Coronel Urtecho)



ESCRITO POR ADRIANO DE SAN MARTÍN




Otra vez la primera pareja en el nuevo Paraíso del primer hombre y la primera mujer. Así lo insinuás selva adentro mientras cae vegetal el vestido de Pollita Lorimer en la lente del agua. Y nos zambullimos. Así tus manos se dibujan en las mías pero con otro lazo. Ahora es el encuentro de labio a labio prometido por una vendedora de cachivaches en Granada. O una estudiante de secundaria en Ciudad Quesada. Así el paraíso es un ojo de agua, línea delgada que angosta y ensancha nuevamente el río. ¿Es la línea de tus manos y de mis manos? Es la frontera donde se asoman rostros como la multitud, rostros invisibles como el nagual, para saltar y cruzar al otro lado donde espera ninguna Tierra Prometida. Un pajarito canta entre las hojas de una rama y su canto un silbido, tal vez una llamada, me saca de la historia.

Vuelvo a la otra orilla y comienzo como siempre. La Oda a Rubén es el gran queso de luna, llena siempre, centelleante por el río. Comienzo como finalizan las líneas de tus manos en las mías. Como cascabaleo de palabras en el agua. Líneas delgadas que de todas maneras nos dividen. Se corren o descorren. Se difuminan entre caseríos y pulperías, gasolinas y canoas, playones y bocanas. Líneas colindantemente ambiguas en la espina colonial. Líneas tramadas para la Ruta del Tránsito en un estrecho ciertamente dudoso para la furia dolarizada de un canal. Líneas parpadeantes. Líneas de fuego. Los robles están cuajados de crespas flores nacaradas. Hay un enorme silencio. Todo el ruido del lago lo repite el silencio. ¿Podemos estrecharnos las manos? No has venido y te esperaba. Y la paloma penadora que da un quejido leve, profundo y espaciado que no se sabe de dónde viene, cambia de sitio… Abren las alas las garzas y los pavones. No las detienen las aduanas. Has dicho mucho, y sin embargo, nada.

Alzan el vuelo como en cinemascope. Y un leopardo salta la cañada. No es el tigre de Blake o de Borges, sino un rayo en la niña de los ojos. ¡Nos queda su hálito multitudinario en la imagen! Hálito del flash al atardecer. La paloma Cantora nos mira ahora. No hace falta bajarla del árbol. Frente a frente la penadora. Es el tiempo de los nidos y de los huevos de colores. He regresado del silencio, lo ves. La música de las aves no se interrumpe. Pero hay un mutismo exagerado que se desliza bajo la sombra del viento y el viento se ve en el agua. ¿Si nos encontráramos se enturbiarían las palabras? ¿Y qué diría la paloma? Paloma tora. Paloma posolera. Paloma azul. Paloma patacona. ¿Entre el tumulto desbocado nos escucharía el silencio, el resplandor, el movimiento, el lago abierto…?

Porque más allá del silencio está la caravana en llamas de los que ya no regresan. No es la ruta de la seda el camino más corto para encontrar el barro rojo entre la palma de estas manos. Hay sangre y agua. Lluvia de lágrimas y no de perlas. Marcas profundas en la piedra. Encuentro una piedra como una perla, ¿decís? Sí, el hallazgo ha sido nuestra fortuna. Pero también la horma de los zapatos. Todo lo que se apunta con la lengua del lápiz da hacia nuestros sueños. Pero también va a nuestros pijamas como tu Darío General. O a nuestras pesadillas como las de Sandino, Carlos Fonseca Amador, Juanito Mora o Calufa. Somos de abismos entre sueños. Por eso los cadáveres por el río. Cadáveres y no palabras o trinos. Cadáveres. Tal vez por ello cambian los cauces y las revoluciones, aunque uno se adhiera de último. Porque primero fue Somoza. Callan los poetas y alzan su voz los militares. Danzan las pandillas de chacales y al hermano le remueven las entrañas. Así el paso por estas manos, tus manos que no son las mías, sino las de todos. Las nuestras, densas y ajenas como niebla de ríos y lagos, como la espesa línea volcánica del reencuentro en muros que caen con el polvo de las fronteras. ¿No vendrás? Llévame de las pestañas a las montañas… Monte. Montón. Unidad global. Enciclopedia Universal.

Así este sitio de tumbas y fantasmas, de trasiegos y calmas: idas y venidas, vueltas y revueltas. Así este tiempo de encrucijadas donde la noche ha sido apuñaleada. La poesía es un perro desdentado en una cantina deshabitada. Pero pasaremos más allá del azogue de los veranos y volveremos con la luz en estas manos entrelazadas pues la muerte no interrumpe nada. Y nada concluye concluyentemente porque la historia no nos pertenece. Y si no venís no importa, tu silueta se queda en un parque de mi antigua Granada, en el patio de los limoneros de tu Ciudad Quesada. Trémula. Sofocada por el stablishment. Subastada por los cardenales.

La muerte no interrumpe nada. Es cierto. Nadie se ha ido. Nadie llega. Todos pasan. Todos quedan.

San José, octubre 2004-febrero 2006.

(Todas las citas en cursiva pertenecen al maestro José Coronel Urtecho).

Del libro Kabanga (2008).

http://www.semanariouniversidad.ucr.cr/suplementos/forja/12723-2014-03-25-22-38-08.html

viernes, 28 de marzo de 2014

Vargas Llosa de vida y libros

Por Winston Manrique Sabogal.
Tomado de Diario El País, Madrid España, 27 de marzo de 2014
Con el semáforo en rojo, Mario Vargas Llosa baja rápido del coche, y cuando llega al separador de la avenida el semáforo vuelve a verde, y para en seco. El azar have que quede escoltado, a lado y lado, por un mimo y un César Vallejo dorado que se dirigen con prisa para donde él mismo va. El escritor se percata y atina a decir: “Se parece mucho a Vallejo”. Unos 60 pasos después y 14 minutos más tarde, el escritor peruano inaugura el Día de las Palabras al leer de manera sentida los versos del poeta peruano, en un parque a orillas del mar:
“SOLÍA ESCRIBIR CON su dedo grande en el aire:
¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes”.
Está alegre. Es su semana en Perú, no solo por su 78 cumpleaños mañana, sino por los tres eventos que se han organizado en los cuatro puntos cardinales de Lima. “Es importante para la ciudad y el país que hayan venido tantos y tan buenos escritores de nuestra lengua estos días aquí a hablar de libros y de lecturas. Hay que estimular la lectura con buenos libros, porque la literatura no es solo un placer superior sino que tiene consecuencias muy positivas, como excitar la fantasía, la curiosidad, crear el espíritu crítico. Es un elemento fundamental en las sociedades modernas y para sus ciudadanos”.
Se refiere el Nobel a la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, que termina hoy, después de cuatro días, con el anuncio del fallo del premio a la mejor novela publicada en español entre 2012 y 2013. Días en los que han participado más de 30 escritores hispanohablantes en 14 mesas redondas con un público devoto.
“Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!”.

55 años del primer libro

Have 55 años Vargas Llosa publicó su primer libro: Los jefes. Un volumen de cuentos, escritos entre 1953 y 1958, la mayoría escritos cuando estudiaba en San Marcos, en Lima. Un género sobre el que nunca más ha publicado, a pesar de que le gusta mucho. Pero cuando ha intentado escribir un relato este se le convierte en novelas como Pantaleón y las visitadoras yLos cachorros, o en capítulos de novelas. “Son historias que se me crecen y una vez empiezo a escribirlas rompen la moldura del cuento”.
Pero el primer texto literario que publicó fue el relato El abuelo, en el periódico El Comercio, de Lima, en 1956. Un cuento, recuerda Vargas Llosa, cruel, de un viejo perverso que quiere vengarse de su nieto. Una historia y temática, entre el terror y lo gótico, que poco tendría que ver con el escritor que en 2010 ganará el Nobel de Literatura por obras como La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, Lituma en los Andes, La fiesta del Chivo y El héroe discreto.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sigue leyendo Vargas Llosa los versos de Vallejo, delante del Vallejo dorado, de España aparta de mí ese cáliz. Media hora antes, en su apartamento, en una terraza frente al Pacífico sin horizonte por la niebla, hablaba entusiasta de una faceta apasionada y anterior a la escritura: la lectura. Un entusiasmo y sabiduría que transmite en La verdad de las mentiras de tal forma que al leer cualquiera de su treintena de ensayos, sobre escritrores y obras, el efecto inmediato es ir a buscar dicho libro y leerlo o releerlo. "Ese es el objetivo", dice sonriendo. Lo primero que have, ahora, es desvelar el misterio del momento en que un libro lo hechiza: “¡Depende del género!”, aclara. “En la poesía la clave está en los primeros versos. Si no son buenos, difícilmente remontará y el lector se va. En la novela, en cambio, eso puede retrasarse y no siempre las primeras páginas guardan la maravilla que puede venir. Por eso, de alguna manera, entiendo a Gide cuando rechazó publicar En busca del tiempo perdido, de Proust, lo que lo llevaría a arrepentirse toda la vida. Hay otras novelas que desde las primeras palabras te capturan, como Cien años de soledad con ese comienzo extraordinario; o Moby Dick, con ese ‘Digamos que me llamo Ismael’ , tan enigmático; o El Quijote con ‘En un lugar de La Mancha de cuyo...’ con su misterio y musicalidad. Como decía Borges, lo que no es excelente no es poesía, por eso me dediqué a la novela…”.
Y sigue Vargas Llosa como si acabara de leer por primera vez las obras citadas. Un rato después, sus palabras avanzan como el Pequod detrás de Moby Dick cuando pasó en invierno frente a las costas peruanas donde él mismo está ahora…
“La buena literatura nos ayuda a estar mejor armados frente a la vida y cualquier embauque. Te defiende contra la mentira, la manipulación y los falsos oropeles. Por eso es una barbaridad educar a la gente solo en las tecnologías”.
Ha dicho varias veces que en el corzón de todas las novelas llamea una protesta contra el mundo que le ha tocado vivir a cada uno y que se puede modificar a través de la lectura. También que los buenos libros invitan a la rebelión por ser mejores ciudadanos y ayudan a construir un mundo mejor. Y el llamamiento a ese motín lo ha dicho varias veces esta semana, y hoy le cae algo a…
El crítico es responsible de la marginalización que vive al haber perdido el protagonismo que tenía y debería recuperar. No tenemos críticos de gran responsabilidad tampoco en otras áreas
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
“La crítica literaria tiene ahora más responsabilidades en un mundo con sobreinformación y sobreoferta de libros. Y es responsible de la marginalización que vive al haber perdido el protagonismo que tenía y debería recuperar. No tenemos críticos de gran responsabilidad tampoco en otras áreas. Parecen limitarse a reseñas, casi como publicidad, la han trivializado y han olvidado la función de dar los elementos para que la gente aprecie lo bueno o menos bueno de cada libro, y algo muy importante es que deben tener claro el lugar que esa obra ocupa en su contexto y contárselo a los lectores. Sobre todo en estos tiempos donde Internet tiende a dar el mismo valor a todo…”.
El análisis sobre Internet y la manera como las tecnologías emergentes han modificado la vida siguen llamando su atención…
“El principal peligro no es que la Red se vaya a caer un día porque eso no va a ocurrir. Eso es jugar al apocalipsis. Lo que tendría que ocurrir es que llegue una cierta normalidad en algo que apenas es normal. No sabemos hasta dónde va a llegar la función de la cultura en las redes. El temor es que Internet trivialice la cultura. Hay razones para estar preocupados. Pero lo que sí es peligroso es la enorme posibilidad de la manipulación tecnológica para crear conflictos entre países. No hay una legalidad. Todo esto abre flancos en los que además penetran en tu intimidad y pueden llegar a usurpar tu identidad. Debe crearse muy rápido una legalidad, de lo contrario quedan flancos sobre la libertad o la soberanía individual”.
Vargas Llosa da un giro y, ahora que se alaba a las series de televisión como forjadoras de una nueva narrativa, aclara que ha visto algunas y le gustan mucho, como The wire y House of Cards…
“Pero decir que son mejor que la literatura y que han descubierto nuevas formas de contar es ignorancia y desconocer la historia de la literatura. Yo no he visto una innovación como en las novelas modernas. La huella que deja un buen libro en el lector tiene un efecto más duradero y profundo”.
Lo dice junto a las estanterías con sus libros favoritos. Luego posa entusiasta para las fotos en su escritorio mientras señala el horizonte difuminado por la niebla para contar que en días despejados se alcanzan a ver las islas, incluida aquella con forma de ballena.

Entrevista a Juan Carlos Pueo sobre "Los usos de la palabra. El pensamiento literario de José María Valverde" (I)

“Nunca pudo dejar de lado ese talante ético que era fruto de su compromiso con los más humildes. Su apoyo a Cuba y a Nicaragua va en esa dirección”



Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Zaragoza, Juan Carlos Pueo ha publicado en diversos revistas y libros colectivos artículos de teoría y crítica literaria, algunos de ellos en torno a las relaciones entre literatura y otras artes como el cine o la música. Es autor de Ridens et Ridiculus. Vincenzo Maggi y la teoría humanista de la risa (Zaragoza, Trópica, 2001) y Los reflejos en juego: una teoría de la parodia (Valencia, Tirant lo Blanch, 2002).
***
Después de felicitarle por su magnífico libro y antes de entrar propiamente en él, permítame que le pregunte por el origen de su interés por la obra de José María Valverde [JMV], profesor mío de Estética en la Facultad de Filosofía de la UB a finales de los años setenta del pasado siglo. ¿De dónde ese interés por la obra del profesor Valverde? ¿Llegó a conocerle personalmente?
Muchas gracias por su amabilidad, y también por su interés. Comencé a leer al profesor Valverde cuando estudiaba en la universidad y me encontré con los diez volúmenes de la Historia de la literatura universal escrita con Martí de Riquer. Me di cuenta en seguida de que se trataba de una visión muy personal de lo literario, y además estaba escrita de forma muy amena. Posteriormente llegaron otros libros que encontré igualmente interesantes: La literatura: qué era y qué es, Vida y muerte de las ideas, etc.
No llegué a conocerle personalmente, aunque tuve ocasión de asistir a una conferencia que dio en Zaragoza en 1993. Era sobre José Martí, un poeta que por entonces no me interesaba demasiado. Pero cuando salí ya estaba convencido de que estaba equivocado, y cuando leí a Martí pude darme cuenta de hasta qué punto.
“Los usos de la palabra” es el título de su ensayo. ¿Nos explica las razones de su elección?
Entre 1981 y 1982, Valverde escribió en El Correo Catalán una columna que tituló, en homenaje a Karl Kraus, “El uso de la palabra”. Me pareció apropiado tomar ese título y ponerlo en plural, puesto que el ensayo habla de los diversos registros del lenguaje, dentro y fuera de lo literario.
El subtítulo: “El pensamiento literario de José María Valverde”. ¿Qué fue Valverde esencialmente para usted? ¿Un poeta, un profesor, un crítico literario, un gran traductor, un filósofo?
No sabría qué decirle… En principio, me fascinó el profesor, en su faceta de ensayista. Luego fui consciente de su dimensión como poeta y como traductor. Con la Modernidad surgió esa figura, tan habitual hoy día, del poeta que, además de escribir versos, reflexiona sobre la poesía y el arte, escribe críticas, da conferencias… No obstante, Valverde pensaba que todo aquello era accesorio, aunque su misma trayectoria le llevase a abandonar la poesía al tiempo que su obra ensayística iba creciendo. Y, a pesar de todo, creo que esa obra tiene un gran valor.
¿Por qué dio Valverde tanta importancia al lenguaje en temáticas filosóficas? ¿Influencia de la filosofía del lenguaje de tradición analítica?
Su primera pasión fue la poesía, antes de que tuviera ocasión de conocer ninguna teoría. Sin embargo, cuando llegó el momento de escoger una carrera universitaria, escogió la de Filosofía, y no la de Filología. Me imagino que ya para entonces estaba pensando en la posibilidad de una indagación filosófica sobre el lenguaje, ya que la poesía nunca desapareció de su horizonte. Luego llegó la lectura de Cassirer, que fue quien le descubrió a Humboldt.
Abre usted el libro con una cita de Francis Ponge: “Mais quelle est la notion propre de l’homme: la parole et la morale. L’humanisme”. ¿Eso fue Valverde, un humanista? ¿Qué tipo de humanista?
El Humanismo tuvo una raíz lingüística, ya que trataba de recuperar el latín clásico en toda su pureza. De esta manera, se intentaba devolver al hombre su dignidad, sacarle del pozo que habían supuesto los Siglos Oscuros. Valverde siguió la tradición del humanismo en la medida en que siempre consideró que esa dignidad hundía sus raíces en un uso honesto del lenguaje. No es casual que la perversión a que se somete hoy día al lenguaje político y financiero vaya acompañada de una profunda crisis de las humanidades.
Habla en la introducción de la incomodidad de la figura de JMV. ¿De dónde esa incomodidad? ¿Por qué resultó tan incómodo y en tantas ocasiones?
No hay nada tan incómodo como un hombre dispuesto a llevar sus convicciones al terreno de la ética. ¿Cuántas personas serían capaces de dar el paso de dimitir de su puesto, no tanto por disidencia hacia el régimen político, sino por solidaridad con un amigo represaliado? Esa capacidad de entrega al otro, que se halla en la base del cristianismo y del comunismo, resulta admirable desde fuera, pero son muy pocos los que están dispuestos a llevarla hasta el final.
En lo que se refiere a su obra literaria, Valverde resulta incómodo porque no se deja etiquetar según los usos habituales de los historiadores de la literatura. Se le ha presentado como poeta católico o como poeta “arraigado”, atendiendo a su primer libro, Hombre de Dios, y resulta que la obra poética de Valverde no se ajusta a esas etiquetas, sino que va mucho más lejos.
Por último, en lo que más me atañe, hay quien piensa que la obra ensayística de Valverde no tiene entidad, sobre todo porque no se le puede adscribir claramente a la filosofía o a la crítica literaria, ni, dentro de ellas, a ninguna escuela de pensamiento que permita resumir sus ideas en tres o cuatro líneas. Cosa que, por cierto, tampoco hace él en sus libros. Aunque su estilo es muy sencillo, no es un autor cómodo para lectores poco exigentes.
Habla también en esta introducción a la que estoy haciendo referencia de su evolución política. Desde el falangismo juvenil hasta el PCC en su madurez, “desencantada” añade usted. ¿Cómo explicar esa ubicación final en la izquierda comunista? ¿Quiénes pudieron influirle? ¿Fue ingenuo cuando apoyó como apoyó, yo mismo soy testigo de ello, la revolución sandinista en su fase inicial al lado de otros intelectuales (pero no tantos) como Julio Cortázar por ejemplo?
Creo que, ante todo, se trata de un asunto de coherencia con su fe cristiana: aunque en su juventud le persiguiera el horror de la Guerra Civil vivido en el lado republicano, llegó un momento en que no pudo seguir aceptando la doble moral del nacionalcatolicismo franquista. Como bien ha mostrado usted, la amistad con Manuel Sacristán fue, en este sentido, determinante.
Sin embargo, su evolución política le lleva a adoptar una posición muy crítica respecto a sí mismo y a sus compañeros de generación: en poemas como, por ejemplo, “Toma de conciencia”, donde dice, entre otras muchas cosas: “tampoco puedo cambiar de apocalipsis…”, o en “Sobre mi imposibilidad de escribir una «elegía madrileña»”.
A pesar de todo, nunca pudo dejar de lado ese talante ético que era fruto de su compromiso con los más humildes. Su apoyo a Cuba y a Nicaragua va en esa dirección, sin olvidar, por otra parte, la amistad que mantuvo con los poetas Cintio Vitier y Ernesto Cardenal, que experimentaron una evolución ideológica similar.
En asuntos de teoría literaria, señala, JMV iba por libre. ¿Y eso qué significa? ¿Pensaba con su propia cabeza y sin influencias? ¿No escribió su tesis sobre Wilhelm von Humboldt?
Me refería al hecho de que Valverde no se dejó influir por escuelas, tendencias o modas. En su juventud, lo más fácil hubiera sido seguir el camino de la Estilística de Dámaso Alonso, como Carlos Bousoño. Posteriormente, podía haber adoptado la perspectiva de las escuelas de Sociología literaria de inspiración marxista y, aun así, se mantuvo siempre fiel a sus ideas. Los autores que más le influyeron son de lo más variopinto: Nietzsche, Machado, Benjamin, además de Humboldt, lo que demuestra que no se dejaba seducir así como así. Por el contrario, lo que hacía era integrar esas influencias en su propia forma de concebir la literatura.
Por cierto, más de 60 años después, ¿qué opinión le merece la tesis doctoral de JMV sobre la obra del lingüista germano?
Sólo he leído la versión abreviada que publicó en 1955, Guillermo de Humboldt y la filosofía del lenguaje. Valverde repudiaba su tesis doctoral, hecha en una época en la que, por lo visto, no se exigía demasiado rigor científico. El mismo libro, publicado en la prestigiosa editorial Gredos, no va más allá de un resumen de la principal obra de Humboldt, con traducción de algunos fragmentos. Estudia la filosofía del lenguaje de autores como Croce, Vossler o Cassirer, pero deja al margen a Frege, Russell o Wittgenstein, por no hablar de lingüistas como Saussure o Sapir. Es un ejemplo palmario de las graves limitaciones y carencias de la universidad española en los años cuarenta.
El primer capítulo de su libro lleva por título “Vida de José María Valverde”. En mi opinión, magnífico, excelente, es un placer leerle. Aparte de recomendar muy sinceramente la lectura, le pregunto por lo mil veces preguntado: ¿por qué dimitió Valverde de su cátedra Barcelona? Aranguren, García Calvo, Tierno Galván, Sacristán, fueron expulsados. Él no. ¿Por qué entonces?
Muchas gracias por los elogios. Después de publicar el libro he sabido que José María Castellet cuenta en su autobiografía Los escenarios de la memoria que tras las expulsiones de Tierno Galván, García Calvo y Aranguren, Dionisio Ridruejo ideó un plan de dimisiones concatenadas que incluía a Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar. Valverde no formaba parte del proyecto, pero presentó su dimisión igualmente, antes de que Aranguren pudiera convencerle de que no lo hiciera, como sí hizo con Laín y Tovar –el cual, sin embargo, solicitó una excedencia para irse a enseñar a Estados Unidos. Castellet menciona además a otros dos profesores que también dimitieron: Eloy Terrón, que era profesor adjunto a la cátedra de Ética de Aranguren, y un profesor de ciencias de la Universidad de Zaragoza cuyo nombre no he logrado averiguar.
De todas formas, el motivo está claro: solidaridad con Aranguren, su gran amigo, al que había conocido cuando era estudiante en la redacción de la revista Escorial. La ética de la entrega al otro llevada a su máxima coherencia.
De sus años de exilio, ¿qué destacaría usted? ¿Fueron años felices y productivos?
Valverde se sentía un poco extraño en aquel ambiente. Aunque sabía inglés hasta el punto de poder traducir a Shakespeare y a Joyce, no podía reconocerse en ese idioma, y eso le ponía triste. Sin embargo, en Canadá es donde empieza su período más fecundo como ensayista. Allí escribe dos libros importantes de crítica literaria, Azorín (1971) y Antonio Machado (1975), prepara ediciones de las obras más importantes de estos autores y lleva a cabo su traducción de Ulises. ¿Qué más se puede pedir?
¿En qué condiciones se produjo su vuelta a Barcelona? ¿Por qué a la Facultad de Filosofía? ¿Por qué no a la de Filología hispanoamericana por ejemplo?
Cuando el gobierno de Adolfo Suárez reintegró en sus cátedras a los profesores expulsados, hizo lo mismo con Valverde, a pesar de que había sido él quien solicitó su cese. Creo que se le llegó a ofrecer la posibilidad de enseñar en Madrid, la ciudad en la que se había criado, pero él prefirió seguir en Barcelona, por lealtad a la ciudad y a la universidad que le habían acogido en los años cincuenta.
Supongo que su vuelta a la Facultad de Filosofía se debió, además de a razones administrativas –él había ganado la cátedra de Estética–, al mismo motivo que le había llevado a interesarse por esta disciplina en su juventud. Aunque era un gran especialista en literatura, le interesaba la estética en su totalidad, y podía hablar con la misma autoridad de arquitectura o pintura, de historia de la filosofía o de historia de las mentalidades.
Le sigo preguntando. Me adentro en el siguiente capítulo. ¿Le parece?
Me parece
Salvador López Arnal es nieto del obrero cenetista asesinado en el Camp de Bota de Barcelona en mayo de 1939 –delito: “rebelión”- José Arnal Cerezuela y fue alumno de José María Valverde en la Facultad de Filosofía de la UB a finales de los años setenta y admirador de su compromiso por la revolución sandinista.
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