“Basta de robar lo ajeno, pobres y ricos; pues ahora no hablo sólo a los ricos, sino también a los pobres. Y es así que también estos roban a los que son más pobres que ellos… Y es así que el acto injusto no se mide por la cuantía de lo defraudado o robado, sino por la voluntad del que robó o defraudó. Eduquémonos para que no deseemos más de lo justo y que no codiciemos lo superfluo. En las cosas del cielo, el deseo no ha de tener por límite lo más o lo menos; ahí cabe siempre desear lo más, empero, en lo terreno, cada uno ha de mirar sólo a lo necesario y suficiente y no buscar más, a fin de que de este modo alcancemos bienes verdaderos por la gracia”. [1]
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